Verdor: la trampa al tiempo de N. Hardem
Hace cinco años, el rapero bogotano presentó un debut mestizo, hermoso, que desde la sabiduría sufí y las sonoridades panamericanas dispara un grito por nuestras vidas y las que vienen.
Damos por sentado el álbum. Es el medio real de la música como arte, aseguramos. No podemos permitir que la tiranía del single y las playlists lo mate, clamamos. El álbum es un invento que llegó con el vinilo en 1948 y, durante las siguientes dos décadas, se instaló en todo el globo como el mejor dispositivo para acceder a la música grabada. Lo que se comercializó fue la ilusión de poder tener la música. Capturarla, preservarla, coleccionarla. Durante los sesenta la hegemonía de estas tecnologías era tal que empezamos a incorporar una idea todavía más fuerte: la música es, principalmente, eso que está grabado. Se pre y post produce y se experimenta con las técnicas de grabación. Se conceptualiza como obra integral una concatenación de canciones que dialogan entre sí.
Difícilmente lea este texto alguien que preceda al álbum como formato. Una vez tuve la oportunidad de entrevistar a Rodolfo Mederos, uno de los mayores bandoneonistas del mundo, nacido en 1940. Quería justamente preguntarle por eso que no leía en otras notas: los discos. ¿Qué había detrás de su obra maestra de fusión tanguera progresiva De Todas Maneras?¿Con qué discos recordaba a sus propios maestros, todos difuntos hace rato? Percibí en él mucho más rigor y fascinación en su archivo de partituras y me contó que siempre volvía a leer las de Bach. En síntesis, me dijo que la música era lo que pasaba en vivo. Para él, los discos no son más que una fotografía de eso. Mejor, peor, más o menos pensado, pero siempre en los límites de una foto.
Yendo más lejos en el tiempo, la noción de la música de la cosmovisión sufí —vertiente mística del Islam, muy centrada en la purificación interna— puede anular la de Mederos. Para ellos, en el mejor caso, quienes tocan y cantan se aproximan a la verdadera música, que es divina y que habita un plano fuera de nuestro alcance. “La verdadera música corresponde a un mundo de lo no circunscrito, es un mundo potencial que todavía no es materia, es ante-creación. (...) Una nota musical que se escucha, no es la nota, es un fósil de esa nota”, dice Muhammad Habbibi, multiinstrumentista sufí de enorme recorrido. La motivación de tocar música es convertirse en un instrumento las esferas sagradas, sabiendo que uno puede acercarse, pero nunca llegar.
Lo que entendemos como música es tiempo y sonido. Y (última cita a alguien que no sea N.Hardem y compañía), como dijo Borges, el tiempo no existe. Un álbum es una trampa. Un invento para matar esa contradicción.
El calendario, otro de nuestros engaños, marca que ya pasaron cinco años de la salida de Verdor, el primer álbum del rapero bogotano N. Hardem. Una obra consciente de su propia limitación que, fraude o noble, da todo por acercarse a la idea platónica de la música: lo vivo.
N. Hardem, inexplicablemente, no se siente músico. Su trayectoria dice otra cosa: Cine Negro, Tambor (1 y 2), Lo Que Me Eleva y Rhodesia se materializaron antes que Verdor y daban testimonio de un rapero y beatmaker distinto, sea para el panorama bogotano, latino o global. Un delivery discreto, personalidad esquiva y necesidades creativas fuera del estándar. Listo para colaborar con referentes de la cumbia, la electrónica o el jazz con la misma naturalidad con la que se sumerge en el drumless y el boom bap. En el aspecto técnico de rimar ya estaba por encima de las ligas mayores del idioma, en una dificultad propia, complementando asonantes y esdrújulas en patrones que nunca se miden con la misma escuadra. En la narrativa de su carrera: alguien –para algunos genio, para otros promesa, para otros solo raro– al que solo le faltaba dar el salto de EP a disco para consagrarse.
Esa narrativa es un problema en sí misma. En una concepción purista del arte, o para la comodidad de un introvertido, la obra tiene que ser más que su autor. Y Hardem, Nelson, buscaba algo. Con su herramienta, sus pistas, su rapeo, con su medio posible: un álbum, poder palpar la música.
Y aspiró a la fuente de la música en vivo. Zaire, 1974. Las estrellas de Fania con Celia Cruz, James Brown, Miriam Mekeba y más, en directo en Kinshasa, actual República Democrática del Congo. Visualizó colombianos en el Apollo Theatre de Harlem. La foto de su madre en la portada, con el ritmo hasta la planta de los pies. La constancia del encuentro, su bajo en una jam, un orgasmo de a dos. Estar vivo(s).
Después de un concierto, depresión posparto
Mi energía se va en otros cuerpos, un pagamento pa’ mis santos
El miedo es contagioso
El amor y los negocios se hacen mirando a los ojos-Gambeta, “Virgo”
Y Hardem buscó la pulsión vital en el pasado. En lo que ha descrito como “El Último Mundo Que Perteneció a los Humanos”. Su música se volcó a lo devocional de la era analógica. Como los sufíes, hizo lo máximo posible para un fin imposible. Con lo digital, alcanzar el aura de esa época de cuando las cosas todavía estaban hechas con las manos. El camino no es la imitación, se evoca con llamados. Son esos scratches urgentes de Mismo Perro, la cascada free jazz de “Cantil”, la voz inconfundiblemente negra que atestigua esa plegaria para un niño dormido que es “Inmune”.
Verdor también es fruto de un panamericanismo musical muy abrazado a la herencia africana. Su contextura está marcada por las desataduras del blues en sus guitarras, del soul en sus voces, del jazz en sus rhodes y del hip-hop en sus baterías. Un árbol genealógico que dice presente desde los compases minimalistas de “Primera Fila” y cruza del norte al sur del continente ya en el tumbado de los parches de “Free Play aka Orbe”. Es Amazonas (esa primera mitad indómita de “Azúcar”), es el Pacífico (parches, cánticos y marimba para “Virgo”). Del verano del Spanish Harlem en “Apollo” al frío bogotano de “Inmune”, pasando por la saudade tangible de “Hannya aka Caracolito”: un todo comprendido como un todo.
Frío zumo de arándanos altamente antioxidante
Anti-occidente arrogante-N. Hardem, “Virgo”
A contramano de esa opinión memética de que el arte mayúsculo es el solemne, el nihilista, el parricida, el perfeccionista, este álbum valora la vida y su belleza mestiza. Uno de sus manifiestos es que puro no equivalga a impío ni a asincrético. Es ver lo precioso del mundo, pero también imaginar uno mejor. “Supimos que era miel aunque era oscura”, confirma en “Volcán” abrazado al canto liberador de Briela Ojeda. Hay algo que madurar en el verde, hay alguna verdad para vestir, hay algo que vale la pena curar. Es ver lo precioso del mundo, pero también imaginar uno mejor.
Impostor o compositor, oídos en un polydor
Para otorgarte un horizonte utópico-N. Hardem, “Na Su Sizi”
Relata el entorno con un baterista borracho de secuaz en “Zaire 74”: “No logro relajarme ni dejar de alarmarme / Pagaron igualitico a Pac, Biggie y a Jaime”. El costo de defender la vida puede ser el más alto, pero también es por aquellos que lo pagaron que Nelson comparte la causa. “Hannya aka Caracolito”, la última canción, tampoco edulcora la realidad de niños en Colombia y el mundo que no envejecen. “Inmune” explora esa culpa irrevocable como testigos de la violencia y la indiferencia. Pero es por y para esos children que recupera el aliento, acomoda notas y prepara remedios. La realidad es brava, el alivio es que también hay qué desear: “Brisas oceánicas, hornear sin prisa la cerámica / Asolearnos en la península balcánica / Que las cuentas sean matemática elemental / Llegar vivos al documental”.
En “Quest” se cristalizan los pálpitos. El loop tántrico de sintetizadores de rock progresivo, el rasgueo de guitarra acústica, los chasquidos de un break y un Hardem que pide piedad divina en inglés patwa. Sus fraseos se trenzan entre pensamientos de hustler: “¿Qué da pa’ vivir? Siempre buscando”. Las rimas se copan y sincopan en lenguas nativas. Rimar “gólgota” con “volcán” o “luna” con “juglar”. Es una maestría para perderse y divertirse en los caminos de la palabra, concentrado en un juego propio que momentáneamente lo hace libre.
Existen una serie de palabras asociadas a Verdor. Talismán. Bálsamo. Santuario. Eso que contiene y lo hace contener. Ese efecto invernadero por el que el tiempo no pasa en su interior. La foto está siempre igual. Somos nosotros los que envejecimos cinco años. Pero estamos vivos. Y para recordarlo siempre podemos frenar el reloj con su hechizo.





qué forma tan linda de hablar de esa caja de magias que es este disco <3
Gran nota. Hermosa excusa para repasar este discazo